Cuando alguien parte, no se lleva el abrazo. Lo deja en nuestra piel, en el recuerdo del calor, en la forma en que todavía inclinamos el cuerpo esperando su regreso.
Hay abrazos que duran segundos y abrazos que duran toda la vida.
Los primeros se miden en tiempo; los segundos, en huella. Cuando abrazamos a quien amamos y esa persona ya no está físicamente, el gesto no desaparece: se convierte en memoria táctil. Cerramos los ojos y sentimos de nuevo el peso de sus brazos, el aroma que traía consigo, la manera exacta en que su respiración se calmaba contra nuestro hombro.
Ese abrazo permanece porque el amor no entiende de ausencias físicas. Permanece en las fotos donde sonreímos juntos, en las frases que repetimos sin darnos cuenta, en las canciones que ya no podemos escuchar sin llorar un poco… y sin querer dejar de hacerlo.
Hoy quiero invitarte a reconocer ese abrazo que aún llevas puesto. No es nostalgia dolorosa; es amor que encontró otra forma de existir.
Permítete sentirlo. Permítete nombrarlo. Porque nombrar el abrazo es también honrar a quien lo dio. Y honrarlo es mantenerlo vivo.
